El pez volador está atrapado entre dos mundos. Le gusta su océano, pero también quiere volar. Salta constantemente fuera del agua y mueve sus aletas intentando alzar el vuelo.
Recuerdo el momento en que todo cobró sentido en mi mente, uno de esos momentos en los que descubrimos cosas. Estaba en un bote abierto de madera con estabilizadores de bambú que me llevaba desde El Nido a Coron, son unas 7 horas de viaje. Éramos unas 20 personas en el bote; no recuerdo si había algún turista más aparte de mí.
Me senté en la proa después de varias horas de dar vueltas, de intentar echar una siesta, de observar a la gente y de perderme en mis pensamientos.
El bote navegaba entre islas pequeñas y grandes, cubiertas de naturaleza, algunas planas y otras con grandes rocas que se alzaban. El agua era azul cielo y cristalina.
Docenas de peces voladores seguían la misma ruta que nosotros, a descubrir el horizonte. Saltaban a la derecha y a la izquierda del barco. Un espectáculo bellísimo.
Me di cuenta entonces de la suerte que tenía de estar ahí, en ese lugar y en ese momento, con todo lo que suponía mi vida, con mi mente y mi cuerpo. Y de lo fascinante de los peces voladores que se adaptan a dos medios, que fluyen sin esfuerzo, que lo quieren todo.
Hace diez años de esto y todavía así me siento muchas veces, entre mundos. Pero adaptándome a lo que venga. Fluyendo.
